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http://carreraberlin.blogspot.com :: Siesta, parada técnica en el camino :: Siesta, strategic stopping in the road


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Puedes tropezar con un libro o un adoquín, elige… Recomendadas Eterna Cadencia, Clásica y Moderna, Miles, Paidós y decenas de librerías de viejo… De Clásica y Moderna habla Félix en ‘Viajero en prácticas’. Nuestra amiga Mercedes recomienda también la primera local: El Ávila, en Monserrat.

Literatura y café, alguno demandaría un cigarrito. Poco más podemos pedir a la creación.

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Las librerías de viejo pueblan Corrientes y Santa Fe… Marx y El Ché siguen entre los más vendidos. Por algo será…

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Dos veces me santigüé, descontando el aterrizaje, desde que pisé esta ciudad de ensueño. Ambas al cruzar el umbral de sendos templos: La Bombonera en la que Maradona se hizo carne y El Ateneo de Santa Fe, donde los libros se saborean en palco.

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El antiguo cine reconvertido en gran librería convierte la tinta en lágrima del bibliófilo. Demasiado comercial, en la platea pugnan por la retina lectora Borges, Canetti, Bioy reforzados por la nueva guardia argentina frente a los gurús de la auotayuda, Coelho, Buccay y demás malevos del ‘new age’.

En la cafetería de la tramoya, observadas por el retrato de Gabo, una mina le cuenta a otra sus experiencias cercanas del viaje al París europeo invadido por ciclistas que “andan muy rectos con sus mochilas en cestita”. La capital en la que la Gioconda se aparece abismalmente más reducida que su leyenda.

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Junto a ellas, un caballero (amante, esposo o confidente) remata su copa de champagne mientras la dama (amante, esposa o confidente) repasa por celular la tabla de multiplicar con un colegial ajeno al ajetreo nocturno.

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De esas y otras historias hablan los volúmenes que reposan en el anfiteatro. El telón nunca baja para las letras en este escenario tipográfico.

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En San Telmo los indios se alimentan de cocacola y sandwiches. Al sorprenderles la cámara, mal esconden el anacronismo tras la espalda. Sonríen y, para perdonar al curioso, le invitan a comprar alguna de sus baratijas. “Sus antepasados nos expoliaron las tierras, ahora vos me robás el alma”, purgan mi conciencia. “Amigo, que yo sepa, ninguno de los míos paseó por acá antes”, me excuso.


Choripán en la costanera, un matecito o un jugo recién exprimido…

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La vida reglada muta al cruzar el océano… la calle transpira su sociedad. Una muestra de oficios callejeros a la vuelta de cualquier esquina porteña.

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Esta investigación arranca con un simple post-it manuscrito pegado, junto a unas gafas de pasta y una montblanc, en el lavabo de un ‘bed & breakfast’ del East End londinense. Allí lo encontró la policía. A un metro escaso, con la cabeza hundida en el retrete, el cadáver de su autor. La causa del fallecimiento del suicida, según el forense, fue “una sobredosis mortal de somníferos con resultado de muerte fatal”.

El texto de la nota, dirigida a la autoridad competente, era conciso: “Yo rechacé el Potter de la Rwoling”. La noticia del deceso del que resultó ser un popular editor británico apareció en un humilde breve de los tabloides sensacionalistas y las revistas especializadas de literatura.

La información no pasó desapercibida al equipo de investigación de Educación y Biblioteca. No arquee las cejas con extrañeza. Efectivamente, esta publicación dispone de un equipo de avezados reporteros que, además, saben idiomas y ostentan varios records guinness de ingesta de gintonics y pintas tibias.

Pronosticando una suculenta historia, digna de un Pulitzer o al menos de un premio de la asociación de vecinos, me desplacé hasta Reino Unido para rastrear la pista. El fotógrafo perdió el vuelo buscando carretes para su cámara en el duty free de Barajas.

En un apartamento a orillas del Támesis la viuda del fallecido confesó a esta revista -primero a mí y luego yo lo trasladé a la redacción- que su marido se había despeñado en los abismos de la depresión al comprobar que aquel libro convertido en producto de masas, como la pizza o el ipod, era el mismo manuscrito que había perdido en un vagón de metro sin haber llegado a abrirlo.

Como era educado, y presumiendo su escaso valor literario, respondió la típica y formal carta al paciente escritor: “Estimado señor Rowling, tras leer con detenimiento su libro… nuestro comité de lectura se ve obligado a desestimar su publicación… Esta decisión no juzga en modo alguno la calidad de la obra… no deje de enviarnos nuevas propuestas…” (Traducción cortesía de la prima filóloga del reportero).

Aunque trató de ocultar su lamentable negligencia –me explicó desconsolada la esposa por no haber cobrado el seguro de vida- la editora jefe pronto averiguó el asunto. Al pobre hombre acabó delatándole su tartamudeo compulsivo cada vez que se mencionaba con admiración el éxito del joven mago en las librerías de todo el planeta. Se rumoreaba en los corrillos que incluso se traduciría al esperanto y el bable. Como castigo, peor que el despido, fue condenado a supervisar las biografías de presentadores de televisión y estrellas del pop menores de 25 años.

Me precio de mi instinto para las exclusivas así que, cual aguerrido sabueso, mordí el hueso dispuesto a no soltarlo. En la hemeroteca encontré otros dos suicidios de editores. La noticia no indicaba la causa pero mi olfato, embriagado de vicks vaporub por culpa de la pertinaz neblina, me animó a escarbar. Estaba en lo cierto. Ambos habían rechazado también la obra de Rowling.

Tiré del hilo de tan prometedores indicios y soborné a sonrosadas secretarias con mi exultante encanto latino-mediterráneo-castellano apenas percibido en Chamberí (cosas del exotismo). Así este periodista accedió sagazmente a las respuestas de los difuntos a la escritora inglesa.

En la carta de uno de ellos, expulsado con honores de Harvard, confesaba “haberme dormido por culpa de su desmesurada extensión poco apropiada para los jóvenes lectores más cercanos a la MTV y las videoconsolas. aunque la temática de la hechicería puede resultar atractiva, le recomiendo acortar su texto unas 200 páginas dejando la trama en sus aspectos esenciales. Mujer, piense en el Amazonas”.

Por su parte, el otro editor, que optó por el método algo doloroso pero sumamente eficaz de arrojarse a las vías del tren, mostraba su disconformidad ya con el propio título: “La mención a la denominada piedra filosofal espantará al comprador medio por considerarlo muy intelectual. Me atrevo a sugerirle que lo cambie por algo así como Las mágicas movidas de Harry”.

Un hermético silencio, a modo de conjura corporativa, encubría las bajas en el batallón de editores. Sin embargo, no me desanimé y continué con la pesquisa. Las dietas eran demasiado suculentas para regresar a casa. Después de patear despachos, agencias y ‘pufs’, descubrí que, aparte de los suicidios, se habían producido misteriosas desapariciones e incluso un comercial había descerrajado tres tiros a una lectora editorial por haber desaconsejado la publicación de las peripecias de Potter ya que “los niños de hoy, adolescentes prematuros, requieren más sensualidad explícita e incluso sexo”.

Nuestra investigación pronto inquietó al stablishment londinense que sutilmente, al más puro estilo británico, me insinuó su malestar con una paliza en un callejón a la salida de un local de paellas (la morriña es así). “¿Por qué no te metes con Zafón?”, me sugirieron amablemente al romperme la decimosegunda costilla flotante. Todavía me duele al suspirar cuando me enamoro, lo que sucede a una media de cinco minutos por Gran Vía.

Aquel desagradable incidente no consiguió amedrentar al investigador (yo), la tercera persona añade intensidad, que decidió continuar sus indagaciones cuando el redactor jefe se negó a adelantar su regreso porque el billete de avión no era reembolsable. El destino le enviaba dos nítidos mensaje. Aparte de que su superior era un rata, llegaría hasta el final del asunto y destaparía al mundo el drama colateral del éxito de la saga de Hogwarts.

Al levantarme a desayunar a mediodía, como es mi costumbre, descubrí un sobre sepia que alguien había deslizado bajo la puerta de mi habitación. Contenía las fotocopias de decenas de cartas de rechazo de las más prestigiosas editoriales. En cada una de ellas habían apuntado a mano la suerte de su remitente: desaparecido, jubilada anticipadamente, retirado en un monasterio, abducida en la noche de San Juan, atropellada por una cometa, alistado en la guerrilla talaban, politoxicómano aficionado a House… Profesión de riesgo la de editor, sin duda.

Cubierto por las misivas a modo de sábana, tiritando por la fiebre y el aire acondicionado, la televisión –el electrodoméstico mesías- reorientó mis sospechas. Zapeando por un mar de canales, en busca de una sesuda película de autor porno, topé con una entrevista a la creadora de Potter en un programa de cocina.

Cuando le preguntaron por los comienzos de su aventura literaria y si recordaba las reacciones de los editores, para que aconsejara a los aspirantes a escritores en su carrera profesional, un brillo malévolo apareció fugazmente en su verde pupila. Apenas perceptible para el común, lo identifiqué rápidamente. Me recordaba demasiado a la mirada homicida de mi quinta ex esposa. “No les guardo rencor. A saber dónde andan ahora”, respondió con una sonrisa demoníaca que habría sonrojado a la mismísima Cruella de Vil.

¿Y si los inocuos suicidios ocultaban en realidad una serie de asesinatos homicidas…? Despecho, venganza, resentimiento. Nunca pude averiguar la criminal trama oculta tras las gafitas inocentes del tal Potter. Las dietas pronto tocaron fondo. En realidad, nunca las hubo. Como ni siquiera me pagaban el bonometro, decidí inventarme todo tumbado en el sofá de mi minipiso bebiendo agua del grifo. Desconfíe del poder alucinógeno del cloro.

Relato publicado en EDUCACIÓN Y BIBLIOTECA Nº 164 (2008).